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uno
Al preguntársele
cuál era la característica de los seres
humanos más común en todas partes, aquel
viajero que había visto muchas tierras y pueblos,
y visitado muchos continentes, respondió: la
inclinación a la pereza. Algunos podrían
pensar que hubiera sido más justo y más
acertado decir: son temerosos. Se esconden tras costumbres
y opiniones. En el fondo, todo hombre sabe con certeza
que sólo se halla en el mundo una vez, como
un unicum, y que ningún otro azar, por
insólito que sea, podrá combinar por
segunda vez una multiplicidad tan diversa y obtener
con ella la misma unidad que él es; lo sabe,
pero lo oculta como si le remordiera la conciencia.
¿Por qué? Por temor al prójimo,
que exige la convención y en ella se oculta.
Pero, ¿qué obliga al único a
temer al vecino, a pensar y actuar como lo hace el
rebaño y a no sentirse dichoso consigo mismo?
El pudor acaso, en los menos; pero en la mayoría
se trata de comodidad, indolencia, en una palabra,
de aquella inclinación a la pereza de la que
hablaba el viajero. Tiene razón: los hombres
son más perezosos que cobardes, y lo que más
temen son precisamente las molestias que les impondrían
una sinceridad y una desnudez incondicionales. Sólo
los artistas odian ese indolente caminar según
maneras prestadas y opiniones manidas y revelan el
secreto, la mala conciencia de cada uno, la proposición
según la cual todo hombre es un milagro irrepetible
sólo ellos se atreven a mostrarnos al ser humano
tal y como es en cada uno de sus movimientos musculares,
único y original; más aún, que
en esta rigurosa coherencia de su unidad es bello
y digno de consideración, nuevo e increíble
como toda obra de la Naturaleza y en modo alguno aburrido.
Cuando el gran pensador desprecia a los hombres, desprecia
su pereza, porque por ella se asemejan a productos
fabricados en serie, indiferentes, indignos de evolución
y de enseñanza. El hombre que no quiera pertenecer
a la masa únicamente necesita dejar de mostrarse
acomodaticio consigo mismo; seguir su propia conciencia
que le grita: «¡Sé tú mismo!
Tú no eres eso que ahora haces, piensas, deseas».
Toda joven alma oye este grito día y noche
y se estremece, pues presiente la medida de felicidad
que, desde lo eterno, se le asigna cuando piensa en
su verdadera liberación; mas de ningún
modo alcanzará esa felicidad mientras se halle
unida a la cadena de las opiniones y el temor. ¡Y
qué desolada y absurda puede llegar a ser la
vida sin esta liberación! No existe en la Naturaleza
ninguna otra criatura más vacía y repugnante
que el hombre que se aparta de su genio y no mira
sino a derecha e izquierda, hacia atrás y al
horizonte. Al final, es completamente ilícito
atacar a un hombre así, pues no es más
que envoltura exterior carente de contenido, una vestidura
ajada, pintarrajeada, hinchada, un espectro aureolado
que no suscita temor ni compasión. Y si con
razón se dice del perezoso que «mata
el tiempo», habrá que cuidarse seriamente
de que un periodo, una época, que cifra su
salud en la opinión pública, es decir,
en las perezas privadas, muera realmente de una vez;
quiero decir, que se la suprima de la historia de
la verdadera liberación de la vida. Qué
grande debe de ser la repugnancia de las generaciones
futuras al ocuparse de la herencia de una época
en la cual no regían hombres vivos sino apariencias
humanas con opinión pública; por eso,
probablemente nuestro tiempo será, para alguna
otra lejana edad posterior, el más oscuro y
desconocido, en tanto que el periodo más inhumano
de la Historia. Camino por las calles nuevas de nuestras
ciudades y pienso que de todas esas casas horribles
que ha construido la generación de los que
opinan públicamente no quedará nada
en pie dentro de un siglo, y que también entonces
se habrán derrumbado las opiniones de esos
constructores de casas. En cambio, grande es la esperanza
de quienes no se consideran ciudadanos de estos tiempos;
y es que, si lo fuesen, habrían contribuido
a matar su tiempo, y con su tiempo se habrían
hundido; mientras que, por el contrario, ellos no
querían sino que su época despertara
a la vida, a fin de existir en esa misma vida.
Pero aun cuando el futuro no nos permitiera esperar
nada, nuestra extraordinaria existencia en este «ahora»
concreto -esto es, el hecho inexplicable de que sea
precisamente hoy cuando vivimos a pesar de que existió
un tiempo infinito para nacer, de que no poseamos
nada más que un interesante y largo «hoy»,
y que es en él donde debemos mostrar la razón
y el fin de que hayamos nacido justamente en este
momento- nos alentaría enérgicamente
a vivir según nuestra propia medida y conforme
a nuestra propia ley. Tenemos que responder ante nosotros
mismos de nuestra existencia; por eso queremos ser
los verdaderos timoneles que la dirigen, y no estamos
dispuestos a permitir que se asemeje a un puro azar
carente de pensamiento. Esta existencia requiere que
se la tome con cierta temeridad y cierto peligro,
sobre todo cuando, tanto en el mejor como en el peor
de los casos, siempre acabamos perdiéndola.
¿Por qué, pues, depender de ese pedazo
de tierra, de esa profesión, por qué
ocuparse en oír lo que dice el vecino? Es puro
provincianismo comprometerse con opiniones que un
par de cientos de millas más lejos ya no comprometen.
Oriente y Occidente son trazos de tiza que alguien
dibuja ante nuestros ojos para burlarse de nuestro
temor. «Quiero hacer el intento de alcanzar
la libertad», se dice el alma joven; y, sin
embargo, se lo impedirá el hecho meramente
causal de que dos naciones se odien y se combatan,
o que haya un mar entre dos continentes, o que en
torno a ella se enseñe una religión
que, no obstante, hace un par de milenios aún
no existía. «Nada de esto eres tú»,
se dice el alma. Nadie puede construirte el puente
sobre el que precisamente tú tienes que cruzar
el río de la vida; nadie, sino tú sola.
Verdad es que existen innumerables senderos y puentes
y semidioses que desean conducirte a través
del río, pero sólo a condición
de que te vendas a ellos entera; mas te darías
en prenda y te perderías. Existe en el mundo
un único camino por el que nadie sino tú
puede transitar: ¿Adónde conduce? No
preguntes, ¡síguelo! ¿Quién
fue el que pronunció la sentencia: «Un
hombre no llega nunca tan alto como cuando desconoce
adónde puede conducirlo su camino»?
Pero, ¿cómo podremos encontrarnos a
nosotros mismos? ¿Cómo puede el hombre
conocerse? Se trata de un asunto oscuro y misterioso;
y si la liebre tiene siete pieles, bien podría
el hombre despellejarse siete veces setenta, que ni
aun así podría exclamar: «¡Ah!
¡Por fin! ¡Éste eres tú
realmente! ¡Ya no hay más envolturas!»
Por lo demás, es una empresa tortuosa y arriesgada
excavar en sí mismo de forma semejante y descender
violentamente por el camino más inmediato en
el pozo del propio ser.
Corremos el riesgo de dañarnos de manera que
ningún médico pueda ya curarnos. Y,
además, ¿para qué sería
necesario algo así cuando todo es un testimonio
de nuestro ser: nuestras amistades y enemistades,
nuestra mirada y la manera de estrechar la mano, nuestra
memoria y lo que olvidamos, nuestros libros y los
rasgos de nuestra pluma? Pero he aquí una vía
para llevar a cabo este interrogatorio tan importante.
Que el alma joven observe retrospectivamente su vida,
y que se haga la siguiente pregunta:
Qué es lo
que has amado hasta ahora verdaderamente? Qué
es lo que ha atraído a tu espíritu?
Qué lo ha dominado y, al mismo tiempo, embargado
de felicidad? Despliega ante tu mirada la serie de
esos objetos venerados y, tal vez, a través
de su esencia y su sucesión, todos te revelen
una ley, la ley fundamental de tu ser más íntimo.
Compara esos objetos, observa de qué modo el
uno complementa, amplía, supera, transforma
al otro, cómo todos ellos conforman una escalera
por la que tú misma has estado ascendiendo
para llegar hasta lo que ahora eres; pues tu verdadera
esencia no se halla oculta en lo más profundo
de tu ser, sino a una altura inmensa por encima de
ti, o cuando menos, por encima de eso que sueles considerar
tu yo. Tus verdaderos educadores y formadores te revelan
cuál es el auténtico sentido originario
y la materia fundamental de tu ser, algo que en modo
alguno puede ser educado ni formado y, en cualquier
caso, difícilmente accesible, capturable, paralizable;
tus educadores no pueden ser otra cosa que tus liberadores.
He aquí el secreto de toda formación:
no presta miembros artificiales, narices de cera,
ojos de cristal; antes bien, lo que tales dones ofrecen
sería el envés de la educación.
Mientras que aquélla no es sino liberación,
limpieza de la mala hierba, de las inmundicias, de
los gusanos que quieren alimentarse de los tiernos
brotes de las plantas; es torrente de luz y calor,
dulce caída de lluvia nocturna; es imitación
y adoración de la Naturaleza allí donde
ésta muestra sus intenciones maternas y piadosas,
también es su retoque cuando procura evitar
sus crueles e implacables envites transformándolos
en algo beneficioso al cubrir con un velo las manifestaciones
de sus propósitos de madrastra y de su triste
locura.
Es cierto que existen
otros medios para encontrarse a sí mismo, para
salir del aturdimiento en el que habitualmente nos
agitamos como envueltos en una densa niebla, pero
no conozco ninguno mejor que el de recordar a nuestros
propios educadores y formadores. Y he aquí
por qué voy a recordar hoy a un educador y
a un severo maestros del que puedo sentirme orgulloso:
Arthur Schopenhauer, para recordar después
a otros.
tres
Yo estimo tanto
más a un filósofo cuanto más
posibilidades tiene de dar ejemplo. No me cabe duda
de que con el ejemplo puede atraer hacia sí
pueblos enteros; la historia de la India, que prácticamente
es la historia de la filosofía india, lo demuestra.
Pero el ejemplo tiene que venir por el camino de la
vida tangible, y no simplemente por el de los libros,
esto es, justo como enseñaban los filósofos
griegos, con su fisonomía, su actitud, su atuendo,
su alimentación, con sus costumbres antes que
con sus palabras o con sus escritos. ¡Cuán
lejos estamos en Alemania de poseer esa osada visibilidad
de una vida filosófica! Sólo muy poco
a poco comienzan a liberarse aquí los cuerpos
cuando los espíritus aparentan estarlo ya desde
hace tiempo; pese a todo, seguirá tratándose
tan sólo de una ilusión que un espíritu
sea libre e independiente en caso de que ese poder
sin límites aparentemente logrado -el cual,
en el fondo, no es otra cosa que autodominio creativo-
no se demuestre de nuevo en cada mirada y en cada
paso desde la mañana a la noche. Kant se mantuvo
aferrado a la universidad, se sometió a los
gobiernos, se quedó en la mera apariencia de
una fe religiosa, soportó a colegas y estudiantes;
he aquí por qué lo más natural
era que su ejemplo generase, sobre todo, profesores
de universidad y una filosofía de profesores.
Schopenhauer dirige pocos cumplidos a las castas académicas,
se separa, aspira a la independencia del Estado y
la sociedad -éste es su ejemplo, su modelo-,por
comenzar aquí con lo que es más externo.
No obstante, muchos grados en la liberación
de la vida filosófica son todavía desconocidos
entre los alemanes y no podrán seguir siéndolo
para siempre. Nuestros artistas viven con más
audacia y con más honestidad; y el mayor ejemplo
del que podemos ser testigos, el de Richard Wagner,
muestra cómo al genio le es lícito no
temer entrar en la más hostil de las contradicciones
con las formas y ordenanzas establecidas cuando desea
sacar a la luz el orden y la verdad superior que residen
en su interior. La «verdad», sin embargo,
de la que nuestros profesores de filosofía
tanto hablan, parece ser una entidad mucho más
modesta de la que no hay que temer nada desordenado
o extraordinario: una criatura cómoda y complaciente
que reafirma una y otra vez cualquier tipo de poder
establecido, por cuya causa nadie deberá sufrir
ningún fastidio, pues, al fin y al cabo, sólo
se trata de «ciencia pura». Así
pues, yo quería decir que la filosofía
en Alemania tiene que olvidarse cada vez más
de ser «ciencia pura»; y éste es
precisamente el ejemplo del hombre Schopenhauer.
Se trata de un verdadero prodigio y no de algo insignificante
el que Schopenhauer pudiese crecer hasta llegar a
convertirse en este ejemplo humano; en efecto, tanto
externa como internamente lo rodeaban los peligros
más terribles, peligros que asfixiarían
o destrozarían a toda criatura débil.
Creo que más bien existía una abrumadora
posibilidad de que el hombre Schopenhauer no hubiera
sobrevivido y de que, en el mejor de los casos, dejase
como residuo «ciencia pura», pero esto
sólo en el mejor de los casos; lo más
probable es que no hubiesen quedado ni el hombre ni
la ciencia.
Un inglés
moderno describe el peligro general que corren todos
los hombres singulares que viven en una sociedad demasiado
apegada a lo acostumbrado, a saber: «Este
tipo de caracteres extraños comienzan primero
por doblegarse, luego se tornan melancólicos,
más adelante enferman y, finalmente, mueren.
Un Shelley no hubiera podido vivir en Inglaterra y
una raza de Shelleys sería algo imposible.
Nuestros Hölderlin y Kleist y tantos otros perecieron
a causa de tal singularidad, no siendo capaces de
soportar el clima de la llamada «cultura alemana»;
sólo naturalezas de hierro como Beethoven,
Goethe, Schopenhauer y Wagner pudieron mantenerse
en pie. Aunque también en éstos se muestra
el efecto de la fatigosa lucha y la tensión
en muchos rasgos y arrugas: su respirar se hace pesado
y su tono se vuelve con facilidad demasiado violento.
Un diplomático experimentado que sólo
había visto y hablado con Goethe superficialmente
dijo a sus amigos: «Voilà un homme,
qui a eu de grands chagrins!» Lo que Goethe
tradujo al alemán así: «¡He
aquí uno que también ha tenido que pasarlas
canutas!», y Goethe prosigue: «Si no es
posible borrar de nuestro rostro las huellas de los
sufrimientos superados, de los trabajos realizados,
no hay que sorprenderse de que todo aquello que quede
de nuestra persona y de nuestros afanes lleve impresa
la misma huella». Y éste es Goethe, a
quienes nuestros cultifilisteos consideran el más
dichoso de los alemanes, demostrando así la
tesis de que, desde luego, es harto posible ser feliz
entre ellos; con lo cual abrigan el pensamiento encubierto
de que no hay que perdonar a quien se sienta desdichado
y solo en esta nación. De aquí proviene
que incluso con gran crueldad hayan establecido y
demostrado con la práctica el principio según
el cual en el fondo de toda soledad reside siempre
una culpa secreta. Por lo demás, también
el pobre Schopenhauer llevaba en el corazón
su culpa secreta, la de conceder más valor
a su filosofía que sus contemporáneos;
y fue tanto más desdichado al saber, precisamente
a través de Goethe, que para salvaguardar su
propia existencia tenía que defender a toda
costa su filosofía contra la indiferencia de
sus contemporáneos; en efecto, existe una especie
de censura inquisitorial en la que, a juicio de Goethe,
los alemanes están muy adelantados; se denomina
silencio absoluto. De este modo se logró, cuando
menos, que la mayor parte de la primera edición
de su obra principal se prensase como maculatura.
El peligro amenazador de que su gran empresa quedase
simplemente en nada debido a la indiferencia de la
que era objeto lo sumió en una terrible inquietud
difícilmente domeñable; no surgió
ni un solo seguidor digno de mención. Entristece
verlo ir a la caza del menor atisbo de su notoriedad;
y su triunfo final, sonado y más que sonado,
cuando realmente se lo leyó («legor
et legar»), tiene algo de doloroso y conmovedor.
Precisamente todos estos rasgos, con los que no hace
gala de la dignidad de un filósofo, revelan
al hombre sufriente que teme por el más preciado
de sus bienes; así, lo torturaba el pensamiento
de perder su pequeña fortuna y verse condenado
a prescindir de su posición verdaderamente
genuina y clásica frente a la filosofía;
y cuántas veces, desengañado en su afanosa
búsqueda de un ser humano en quien pudiera
confiar, tuvo que tornar su melancólica mirada
hacia su fiel perrillo faldero.
Era un verdadero
eremita; ningún amigo que realmente sintiera
como él lo consoló -y, entre uno y ninguno,
reside aquí, a semejanza que entre «algo»
y «nada», una infinitud. Nadie que tenga
verdaderos amigos sabe qué es la auténtica
soledad, es como si él solo tuviera que enfrentarse
al mundo entero. ¡Ay! ¡Bien me doy cuenta
de que no sabéis qué es la verdadera
soledad! Allí donde existieron alguna vez poderosas
sociedades, gobiernos, religiones, opinión
pública, en una palabra, donde existió
cualquier tipo de tiranía, allí se odió
al filósofo solitario; pues la filosofía
ofrece al hombre un asilo en el que ninguna tiranía
puede penetrar, la caverna de la intimidad, el laberinto
del pecho: y esto enfurece a los tiranos. En ella
se refugian los solitarios; pero también en
ella acecha el mayor peligro a quien está solo.
Estos hombres que pusieron a salvo su libertad en
el interior de sí mismos no tienen más
remedio que vivir también para el exterior,
tornarse visibles, dejarse ver; se hallan sujetos
por múltiples lazos humanos: por su nacimiento,
residencia, educación, patria, circunstancia,
imposiciones ajenas; asimismo se presupondrán
en ellos numerosas opiniones sólo por el hecho
de que éstas son las dominantes; todo gesto
que no niegue servirá de aprobación;
todo movimiento de la mano que no destruya será
interpretado como asentimiento. Saben, estos solitarios
y libres de espíritu, que constantemente, en
cualquier circunstancia, parecerán ser distintos
de lo que piensan; mientras que ellos no desean sino
la verdad y la honestidad, se tejerá a su alrededor
una red de malentendidos; y su violento deseo no logrará
impedir que, a pesar de todo, emane de sus acciones
un vapor de falsas opiniones, de acomodación,
de verdades a medias, de silencios indulgentes, de
interpretaciones erróneas. Todo esto condensa
una nube de melancolía sobre sus frentes: pues
estas naturalezas odian más que a la muerte
el hecho de que la apariencia sea necesaria; y esta
amargura constante los torna volcánicos y amenazadores.
De cuando en cuando, se resarcen de su violenta ocultación,
de la reserva a la que se ven obligados. Salen de
sus cavernas con aspavientos terribles; sus palabras
y sus hechos se transforman entonces en explosiones,
y es posible que se destruyan a sí mismos.
Así de peligrosamente vivió Schopenhauer.
Justo ese tipo de solitarios requieren cariño;
necesitan compañeros frente a quienes puedan
mostrarse tan abiertos y sencillos como ante sí
mismos, en cuya presencia desaparezca la tensión
del silencio y la simulación.
Apartad de él
a estos amigos y engendraréis un peligro cada
vez mayor; Heinrich von Kleist pereció de esta
suerte de desamor; obligarlos de esta forma a que
se recluyan profundamente en sí mismos es el
remedio más terrible contra los hombres singulares;
cada vez que regresan al exterior, su vuelta se transforma
en una erupción volcánica. No obstante,
siempre hay algún semidiós que soporta
tener que vivir bajo condiciones tan terribles, y
vive victoriosamente; si acaso quisierais oír
su canto solitario, escuchad la música de Beethoven.
Tal fue el primer
peligro a cuya sombra creció Schopenhauer:
el aislamiento. El segundo se denomina desesperación
de la verdad. Este peligro acecha a todo aquel pensador
que tome como punto de partida la filosofía
de Kant, en el supuesto de que se trate de un verdadero
ser humano, vigoroso y pensante, tanto en lo que respecta
a su sufrimiento como a su deseo, y no de una ruidosa
máquina de pensar y calcular. Ahora, todos
nosotros sabemos muy bien en qué estado tan
vergonzoso nos hallamos con respecto a esta suposición;
es más, me parece que sólo en un número
muy reducido de hombres ha intervenido Kant de forma
vivificadora, metamorfoseándose en sangre y
humores. Al parecer, tal y como puede leerse por doquier,
a partir de la hazaña de ese callado erudito,
habría estallado una revolución en todas
las regiones del espíritu; pero yo no puedo
creerlo. Así es, pues no acabo de ver con claridad
a esos hombres que tendrían que haber sido
revolucionados antes que cualquiera de esas «regiones
del espíritu». Además, en cuanto
Kant comenzara a ejercer una influencia popular, la
percibiríamos bajo la forma de un escepticismo
y un relativismo corrosivos y demoledores; y sólo
en aquellos espíritus más activos y
nobles, que jamás soportaron permanecer en
la incertidumbre, penetraría en su lugar aquella
conmoción y desesperación de toda verdad,
a semejanza de como, por ejemplo, la experimentó
Heinrich von Kleist: «Hace poco -escribe
con ese estilo suyo tan impresionante- trabé
conocimiento con la filosofía kantiana y ahora
voy a comunicarte un pensamiento que he extraído
de ella y del que me permito no temer que vaya a estremecerte
tan profunda y dolorosamente como a mí. (...)
Nosotros no podemos decidir si eso que llamamos verdad
es efectivamente verdad o sólo nos lo parece.
Si es lo último, entonces la verdad que aquí
acumulamos, después de la muerte, no es nada,
y todo el esfuerzo que realizamos para obtener un
capital y que nos sigue hasta la tumba, es en vano.
(...) Si la punta de este pensamiento no toca tu corazón,
no te rías de quien, por ello, se siente profundamente
herido en su más sagrado interior. Mi único,
mi más supremo fin se ha hundido, y ya no tengo
ningún otro».
¡Sí!,
cuándo volverán a sentir los hombres
de esta manera kleistiano-natural, cuándo aprenderán
de nuevo a medir el sentido de una filosofía
en su «más sagrado interior»? Y
no obstante, esto es necesario primero antes de valorar
qué puede significar para nosotros precisamente
Schopenhauer después de Kant, a saber: él
es el guía que nos conduce fuera de la caverna
de la melancolía escéptica o de la renuncia
crítica hacia la cima de la contemplación
trágica -el cielo nocturno con sus estrellas,
infinito, sobre nosotros-, además, fue el primero
que se condujo a sí mismo por este camino.
Su grandeza estriba en que es capaz de situarse frente
al cuadro de la vida como ante un todo e interpretarlo
en su totalidad, mientras que los cerebros más
agudos no se liberan del error de suponer que se acercarán
más a esa interpretación cuanto con
mayor escrupulosidad escudriñen tanto los colores
con los que se ha pintado el cuadro como la tela sobre
la que se realizó; y sólo para llegar,
tal vez, a la conclusión de que se trata de
un lienzo tejido de una manera terriblemente intrincada,
y que está cubierto de unos colores cuyo fundamento
químico es insondable.
Hay que adivinar
el pintor para conocer la obra, y Schopenhauer lo
sabía. Ahora bien, todo el gremio científico
se preocupa de comprender esa tela y esos colores
y no de la comprensión de lo representado;
así, podría decirse que únicamente
quien capta en su conjunto él cuadro general
de la vida y la existencia podrá servirse de
las diversas ciencias particulares sin sufrir ningún
daño, pues al carecer de una visión
reguladora de este tipo, aquéllas no son sino
hilos que nunca conducen a un cabo y que tornan el
curso de nuestra vida aún más embrollado
y laberíntico. En esto, como dije, es grande
Schopenhauer, porque va tras el cuadro a semejanza
de Hamlet tras el espectro, sin dejarse desviar, como
hacen los eruditos, o sin enmarañarse mediante
una escolástica conceptual, que es la suerte
de los dialécticos desenfrenados. El estudio
de todos esos «medio filósofos»
resulta sólo interesante en la medida en que
sirve para reconocer que caen de inmediato en la construcción
de grandes filosofías en las que, de un modo
harto académico, se permite pensar en los pros
y los contras, donde es lícito socavar, dudar
y contradecir, pero que con esto se evaden a su vez
de lo que se exige a toda gran filosofía, la
cual, en cuanto totalidad, no rezará ahora
y siempre y, ante todo, otra cosa que ésta:
«He aquí el cuadro de toda vida; aprende
de él el sentido de la tuya». Y a la
inversa: «Lee tu vida, y aprenderás de
ella los jeroglíficos de la totalidad de la
vida». Así es, en primer lugar, la forma
en que debe ser interpretada la filosofía de
Schopenhauer: individualmente, sólo desde lo
singular hacia sí mismo, a fin de adquirir
conciencia de la propia miseria y necesidad, de la
propia limitación, y aprender los remedios
y los consuelos, esto es: la entrega en sacrificio
del «yo», además de la sumisión
a los principios más nobles, sobre todo, a
la justicia y la compasión. Nos enseña
a distinguir entre lo real y lo aparente en el fomento
de la felicidad del hombre; cómo ni el hacerse
rico, ni el obtener honores, ni la mucha erudición
pueden dispensar al individuo del profundo descontento
que lo embarga por la banalidad de su existencia;
y cómo la aspiración a estos bienes
únicamente adquiere sentido a través
de un elevado propósito transfigurador y universal:
la obtención de poder, y mediante él
ayudar a la physis y convertirse, en cierta
medida, en corrector de sus necedades y sus
descuidos. En un principio, por supuesto, sólo
para uno mismo; finalmente, a través de uno,
para todos. Por lo demás, se trata de una aspiración
que conduce profunda e íntimamente a la resignación;
pues ¡qué y cuánto no habrá
aún por corregir en lo individual y en lo general!
Si ahora aplicamos
estas palabras a Schopenhauer, tocamos el tercer y
el más característico peligro en que
vivió, oculto en la totalidad de la construcción
y la armazón de su ser. Cada hombre suele encontrar
en sí una limitación de su talento tanto
como de su voluntad moral que lo llena de anhelo y
melancolía, y como él, partiendo del
sentimiento de su condición de pecador, anhela
la santidad; porta consigo, en tanto que ser intelectual,
una profunda necesidad del genio. He aquí la
raíz de toda verdadera cultura; y si por ésta
entiendo el anhelo de los hombres de volver a nacer
como santos o como genios, sé que no hace
falta ser primero budista para comprender este mito.
Allí donde encontramos al talento carente de
ese anhelo, en los círculos de los eruditos
y de quienes se denominan «personas cultas»,
nos suscita asco y repugnancia; pues intuimos que
esos seres, con todo su espíritu, no favorecen
sino que impiden el desarrollo de una cultura y la
procreación del genio, lo cual es el propósito
de toda cultura. Se trata aquí de un estado
de endurecimiento equivalente en su valor a la virtud
habitual, fría y pagada de sí misma
que está muy lejos y, sobre todo, que es lo
más extraño a la verdadera santidad.
Ahora bien, la naturaleza de Schopenhauer contenía
una dualidad singular y extremadamente peligrosa.
Pocos pensadores han sentido en grado similar y con
la misma incomparable seguridad la sensación
de que en su interior moraba realmente el genio; y
ese genio le prometía lo máximo, esto
es: que no habría surco más profundo
que el que hendiera su arado en el terreno de la Humanidad
moderna. Así, sabía que la mitad de
su ser estaba satisfecha y completa, carente de deseos,
segura de su vigor; de ahí que realizase su
misión con grandeza y dignidad, como alguien
victorioso que hubiera alcanzado la perfección.
En su otra mitad residía un anhelo incontenible;
lo comprendemos al oír las palabras que pronunció
al desviar dolorosamente su mirada de un retrato de
Rancé, el gran fundador de la Trapa: «Eso
es cosa de la Gracia», murmuró. En efecto,
el genio añora profundamente la santidad, porque
desde su atalaya ha visto más lejos y más
claro que cualquier otro hombre: hacia las profundidades,
en la conciliación entre el conocer y el ser;
hacia las alturas, en el reino de la paz y la negación
de la voluntad, y más allá de «la
otra ribera» de la que hablan los hindúes.
Pero, precisamente, he aquí el milagro: ¡cuán
incomprensible e indestructible debió de ser
la naturaleza de Schopenhauer para que no la destruyera
esa añoranza, y para que tampoco la endureciera!
Qué significa esto lo comprenderá cada
uno según la medida de lo que sea y valga en
sí mismo; pero en su totalidad, con todo su
peso, no lo comprenderemos ninguno de nosotros.
Cuanto más
se reflexiona acerca de los tres peligros descritos,
tanto más extraño parece que Schopenhauer
pudiera defenderse de ellos con tamaña energía
y que pudiera salir de la lucha de lo más erguido
y en tal estado de salud. Ciertamente, también
con muchas cicatrices y heridas abiertas; y en un
estado de ánimo que, acaso puede parecer demasiado
áspero, tal vez excesivamente belicoso. También
sobre el más grande de los hombres se eleva
su propio ideal. Que Schopenhauer pueda ser un modelo
es indudable, a pesar de todas sus cicatrices y de
todos sus defectos. Y hasta podría decirse
que eso que había en su ser de más imperfecto
y de demasiado humano es justo lo que a nosotros nos
hace, en sentido humano, mucho más próximos
a él, porque lo vemos como a un ser sufriente
y compañero de infortunios, y no sólo
aureolado e inmerso en esa desdeñosa majestad
del genio.
Esos tres peligros
de la constitución, que amenazaban a Schopenhauer,
nos amenazan a todos nosotros. Cada hombre porta en
su interior, como núcleo de su ser, una unicidad
productiva; y, si llega a hacerse consciente de esta
unicidad, se difunde a su alrededor un extraño
resplandor, el resplandor de lo extraordinario. Esto
es para la mayoría algo insoportable, porque,
como ya he dicho, los seres humanos son perezosos
y porque de esa unicidad pende una cadena de molestias
y esfuerzos. No cabe duda de que para el ser extraordinario
que carga con esta cadena, la vida sacrifica casi
todo aquello que se anhela en la juventud: jovialidad,
seguridad, ligereza, honor; el premio de la soledad
es el regalo que le hacen sus congéneres; el
desierto y la caverna surgen de inmediato allí
dondequiera que viva. Entonces tendrá que cuidarse
de no dejar que lo sometan, de no sentirse oprimido,
así como de caer en la melancolía. De
ahí que se rodee de imágenes de buenos
y bravos guerreros, semejantes al propio Schopenhauer.
Pero incluso el segundo peligro que amenazó
a Schopenhauer no es del todo una excepción.
Aquí y allá siempre hay alguien a quien
la Naturaleza dota de agudeza mental, sus pensamientos
transitan de buen grado por el ambiguo camino de la
dialéctica; con qué facilidad, si despreocupadamente
da rienda suelta a su talento, acaba destruyéndose
como hombre, e inmerso en la «ciencia pura»
lleva tan sólo una vida de espectro; o, acostumbrado
a buscar siempre el pro y el contra de las cosas,
pierde en general el sentido de la verdad, y de este
modo, tiene que vivir carente de valentía y
de confianza, negando, dudando, corroído, insatisfecho,
con la esperanza a medias, siempre aguardando la desilusión:
«¡Ni siquiera un perro querría
seguir soportando semejante vida por más tiempo!».
El tercer peligro es el endurecimiento moral o intelectual;
el hombre rompe el vínculo que lo unía
con su ideal; deja de ser fértil en uno u otro
ámbito y, en lo que se refiere a la cultura,
acaba por debilitarse o tornarse inútil. La
unicidad de su ser se transforma en un átomo
indivisible e incomunicado, en una roca gélida.
Y he aquí que tanto puede perecerse a causa
de la unicidad como por el temor a la unicidad, en
sí mismo o abandonándose a la renuncia
de sí mismo, a causa de la nostalgia o a causa
del endurecimiento: pues vivir, en general, quiere
decir estar en peligro.
Aparte de esos riesgos
de constitución a los que Schopenhauer se habría
visto sometido en cualquier siglo en el que hubiera
vivido, existen aún otros peligros que lo amenazaban
en su tiempo; y esta distinción entre
peligros constitutivos y peligros del tiempo es esencial
para comprender aquello que en la naturaleza de Schopenhauer
hay de modélico y de instructivo. Pensemos
en el ojo del filósofo clavado en la existencia:
anhela fijar de nuevo su valor. En efecto, ésta
ha sido la tarea propia de todos los grandes pensadores,
la de los legisladores de la medida, la moneda y el
peso de las cosas. ¡Cuánto debe de contrariarle
que la Humanidad que ve ante sí sea sólo
un fruto podrido y corroído por los gusanos!
¡Cuánto tendrá que añadir
a la falsedad de calores del tiempo presente para
ser justo con la existencia en general! Si la ocupación
con la historia de pueblos antiguos o extraños
es algo valioso, aún lo es más para
el filósofo que pretenda extraer un juicio
justo acerca del conjunto de la fortuna humana, no
sólo acerca de aquella suerte media, sino sobre
todo acerca de la suerte suprema que puede afectar
tanto a individuos particulares como a pueblos enteros.
Ahora bien, todo presente es impertinente, actúa
sobre el ojo y lo determina incluso cuando el filósofo
no quiere; de modo que involuntariamente se lo tasará
demasiado alto a la hora de realizar la suma total.
Por eso el filósofo debe saber valorar bien
su propia época diferenciándola de las
otras y, superando para sí el presente, también
superarlo en los cuadros que muestra de la vida, esto
es, hacerlo imperceptible y a la vez desdibujarlo.
Se trata de una tarea muy difícil y apenas
realizable. El juicio de antiguos filósofos
griegos acerca del valor de la existencia expresa
acaso más que un juicio moderno, porque ellos
tenían ante sí y a su alrededor la vida
misma en una exuberante perfección, y porque
en ellos el sentimiento del pensador no se confunde,
como en nosotros, en el dilema entre el deseo de libertad,
la belleza, la grandeza de la vida, y el impulso hacia
la verdad, que no pregunta sino: «¿Cuál
es, en definitiva, el valor de la existencia?»
En cualquier época sigue siendo importante
saber lo que Empédocles, en medio del exultante
y vigoroso goce de vivir de la civilización
griega, manifestó sobre la existencia; su juicio
tiene mucho peso, tanto más en cuanto que no
ha sido refutado con ningún juicio contrario
de algún otro gran filósofo de aquella
misma época extraordinaria. El es quien habla
con mayor claridad; aunque, en el fondo, si abrimos
un poco nuestros oídos, todos expresan lo mismo.
Un pensador moderno, como decía, sufrirá
siempre de un deseo insatisfecho: exigirá que
se le muestre de nuevo la vida, verdadera, roja, sana,
para emitir luego su juicio sobre ella. Al menos en
lo que a él respecta, tendrá que considerar
necesario ser primero un hombre vivo antes de creer
que será un juez justo. He aquí el motivo
de que precisamente los filósofos modernos
se encuentren entre los más poderosos impulsores
de la vida, de la voluntad de vivir, y que por eso,
desde su propio tiempo desfallecido, anhelen una cultura,
una physis transfigurada. Esta nostalgia, este
deseo, constituye asimismo su peligro: en ellos
combate el reformador de la vida y el filósofo,
esto es, el juez de la vida. Hacia donde quiera que
se incline la victoria, será una victoria que
entrañará una derrota. Ahora bien, ¿cómo
evitó Schopenhauer este peligro?
Si todo gran hombre
es considerado mayoritariamente como verdadero hijo
de su tiempo y, en cualquier caso, sufre de todos
los achaques que acucian a éste más
intensa y más sensiblemente que el resto de
los hombres pequeños, la lucha de uno de estos
grandes contra su tiempo será, sólo
en apariencia, una lucha absurda y destructiva contra
sí mismo. Pero,
desde luego, sólo en apariencia; pues en ella
combate contra aquello que le impide ser grande, lo
que para él no significa sino ser libre y ser
él mismo. De aquí se sigue que su enemistad,
en el fondo, se dirige precisamente contra lo que
está en él, pero que, sin embargo, no
es propio de él; esto es, contra la impura
confusión y coexistencia de lo que es inconfundible
y eternamente irreconciliable, contra la falsa adherencia
de la tempestividad a su intempestividad; y, al final,
el supuesto hijo de su tiempo se revela únicamente
como su hijastro. Schopenhauer pugnó, ya desde
su más temprana juventud, por oponerse a esta
falsa, vana e indigna madre, su época; y mientras
la rechazaba se purificó y sanó, encontrándose
de nuevo con su propio ser, en la pureza y la salud
que lo caracterizaban. Por eso los escritos de Schopenhauer
pueden ser utilizados como espejos de la época;
y ciertamente no será una mácula del
espejo la causa de que en él todo lo actual
sea visible sólo como una enfermedad deformante,
como enflaquecimiento y palidez, como ojos hundidos
y rostro abatido, como el sufrimiento evidente de
esa condición de hijastro. Su anhelo de una
naturaleza vigorosa, de humanidad sana y sencilla,
era en él anhelo de sí mismo; y apenas
vencida dentro de sí su época, también
tuvo que descubrir en su interior, con ojos estupefactos,
al genio. Entonces se le reveló el secreto
de su ser; la intención que albergaba su época,
su madrastra, de ocultarle ese genio se desvaneció,
el reino de la physis transfigurada había
sido descubierto. Si ahora dirigía su impertérrita
mirada sobre la pregunta: «cuál es, en
definitiva, el valor de la existencia?», no
tenía ya que condenar una época confusa
y exangüe ni una vida hipócrita y turbia.
Él sabía bien que sobre esta tierra
era posible hallar algo más elevado y más
puro que esa vida actual, y que comete una amarga
injusticia con la existencia todo aquél que
sólo la conozca y la valore según esta
imagen odiosa. No, el genio mismo será ahora
llamado a fin de que escuche si acaso el fruto supremo
de la vida puede justificar la generalidad de la vida;
el hombre extraordinario, el creador debe responder
a la pregunta: «¿Afirmas tú de
todo corazón esta existencia? ¿Te basta?
Quieres ser su intercesor, su redentor? Pues un solo
y verdadero "¡Sí!" de tu boca,
y la vida, tan gravemente acusada, será absuelta».
Qué responderá?
-La respuesta de
Empédocles.
cuatro
Quede este último
guiño incomprendido de momento; ahora me interesa
abordar algo más sencillo, a saber, aclarar
cómo todos nosotros podemos educarnos por mediación
de Schopenhauer en contra de nuestro tiempo; porque
a través de él tenemos la ventaja de
conocer realmente este tiempo. Por cierto,
¿será esto una ventaja? En cualquier
caso, quizá en un par de siglos sea ya imposible.
Me recreo con la idea de que alguna vez los hombres
se hastíen de leer y de los escritores, que
un buen día el erudito reflexione, haga testamento
y ordene que se queme su cuerpo rodeado de todos sus
libros, cuanto más de sus propios escritos.
Y si los bosques van mostrándose cada vez más
avaros, ¿no llegará la época
de tratar las bibliotecas como leña, pasto
y estopa? ¿Acaso no nacieron la mayoría
de los libros del humo y el vapor de los cerebros?
Pues así volverán a ser humo y vapor.
Y si no albergaron fuego alguno en su interior, ¡que
reciban el fuego como castigo! Así pues, sería
posible que en un siglo futuro nuestra época
pasase por ser un saeculum obscurum, porque
sus productos fueran los que más activamente
y durante más tiempo mantuvieran caliente la
estufa. ¡Cuán afortunados somos al conocer
aún nuestra época! Suponiendo que tenga
sentido ocuparse de la propia época, es una
dicha poder ocuparse de ella todo lo exhaustivamente
que sea posible, de modo que ya no nos quede pendiente
la más mínima duda; y justo esto es
lo que nos garantiza Schopenhauer.
Por cierto, la dicha
sería cien veces mayor si de esta investigación
resultase que nunca en absoluto existió algo
tan orgulloso y plagado de esperanzas como la presente
época. Ahora bien, por el momento existe gente
incauta en cualquier ángulo de la tierra, acaso
en Alemania, que está dispuesta a creer algo
así, y que afirma con toda seriedad que desde
hace un par de años el mundo se ha corregido
y que aquél que aún tenga esos graves
y oscuros pensamientos acerca de la existencia será
refutado mediante los «hechos». En efecto,
así es: la fundación del nuevo Imperio
Alemán es el golpe decisivo y demoledor contra
todo filosofar «pesimista»; y no cabe
objeción alguna. Pero quien desee ahora responder
a la pregunta de qué significa el filósofo
como educador en nuestro tiempo tendrá que
contestar a esta opinión tan extendida -harto
cultivada, sobre todo, en las universidades- del siguiente
modo: es una vergüenza y una infamia que una
adulación tan repugnante e idólatra
al servicio de esta época pueda ser expresada
y repetida por personas a las que se considera inteligentes
y honorables; una prueba más de que ya no se
tiene ni idea de cuán lejos queda la seriedad
de la filosofía de la seriedad de un periódico.
Personas de este género han perdido cualquier
atisbo no sólo de convicción filosófica,
sino también religiosa, habiéndola canjeado
no tanto por el optimismo como por el periodismo,
por el espíritu o el antiespíritu del
día y de los diarios. Toda filosofía
que crea que un acontecimiento político desplazará
o incluso resolverá el problema de la existencia
es una filosofía de pega, una seudofilosofía.
Desde que el mundo existe se han fundado ya varios
Estados; se trata de una vieja comedia. ¿Cómo
podría bastar una novedad política para
convertir a los hombres de una vez por todas en satisfechos
moradores de la tierra? Si hay alguien que crea esto
de corazón, que lo diga, pues de verdad que
merece llegar a ser catedrático de filosofía
en una universidad alemana, lo mismo que Harms en
Berlín, Jürgen Meyer, en Bonn, y Carriére
en Munich.
Aquí no experimentamos
más que las consecuencias de esa doctrina predicada
recientemente desde todos los tejados de que el Estado
es el fin supremo de la Humanidad, y que para un hombre
no existe ningún deber mayor que el de servir
al Estado; en esto no reconozco yo una recaída
en el paganismo, sino en la necedad. Pudiera ser que
un hombre así, que ve en el servicio al Estado
su más alto deber, no conozca realmente ningún
deber mayor; pero esto no quita que más allá
existan otros hombres y otros deberes; y uno de estos
deberes, que al menos para mí cuenta más
que el de servir al Estado, exige que se destruya
la necedad en cualquiera de sus formas, por consiguiente,
también aquella necedad. A esto se debe que
me ocupe aquí de una especie de hombres cuya
teleología conduce a algo más que a
la prosperidad de un Estado, de los filósofos;
y con respecto a éstos, sólo de un mundo
que, a su vez, es bastante independiente del bien
del Estado: el mundo de la cultura. De los muchos
anillos que, insertados de cualquier modo, conforman
la comunidad humana, algunos son de oro y otros de
tumbaga.
Ahora bien, ¿cómo
considera el filósofo la cultura en nuestro
tiempo? Ni que decir tiene que de modo muy distinto
a esos profesores de filosofía que se muestran
tan satisfechos de su Estado. Quizá le parezca,
si piensa en esa premura general y en ese incremento
de la velocidad de caída, en el cese de todo
recogimiento y simplicidad, que estuviera percibiendo
los síntomas de una completa destrucción
y extirpación de la cultura. Los manantiales
de la religión cesan de fluir y dejan tras
de sí pantanos o estanques; las naciones se
dividen de nuevo con inusitada hostilidad ansiando
devorarse. Las ciencias, cultivadas sin atisbo alguno
de medida, en el ciego laisser faire, despedazan
y disuelven todo lo que se consideraba firme y consistente;
las clases y los Estados cultivados son engullidos
por una economía gigantesca y desdeñosa.
Nunca fue el mundo más mundo, nunca fue tan
pobre en amor y bondad. Las clases cultas han dejado
de ser faros o asilos en medio de toda esa tormenta
de mundanería; ellas mismas se muestran también.
cada día más nerviosas, más carentes
de ideas y de amor. Todo sirve a la barbarie futura,
el arte y la ciencia actuales incluidas.
El hombre culto
ha degenerado hasta convertirse en el mayor enemigo
de la cultura, pues se empeña en disimular
la enfermedad general y se torna un obstáculo
para los médicos. Tales pobres bribonzuelos
exhaustos se ofenden si se menciona su debilidad y
se refuta su nocivo espíritu mendaz. Demasiado
bien quieren hacernos creer, mientras se contonean
con artificiosa comicidad, que serían ellos
quienes se llevarían la palma en cualquier
siglo. Su modo de simular la dicha tiene a veces algo
conmovedor, pues su dicha es del todo incomprensible.
No quisiera uno replicarles como Tannhäuser a
Biterolf: «Tú, miserable, pero ¿de
qué placer has gozado tú?». Pues,
¡ay!, nosotros lo sabemos mejor y de otra manera.
Sobre nuestras cabezas
se cierne un día de invierno mientras habitamos
bajo las altas montañas, peligrosamente y en
la indigencia. Breve es toda alegría y pálido
todo rayo de sol que recibimos de allende las blancas
cumbres. De súbito, oímos música,
un anciano toca el organillo, giran los bailarines;
el espectáculo conmueve al viajero: todo es
tan salvaje, tan cerrado, tan incoloro, tan carente
de esperanza, y ahora, súbitamente ahí,
una nota de alegría, ¡de la más
insensata alegría! Pero ya comienzan a caer
las nieblas del prematuro crepúsculo, enmudece
la melodía, crujen los pasos del viajero; mientras
aún puede ver, no alcanza a percibir sino la
faz yerma y cruel de la Naturaleza.
Por si fuera pecar
de parcialidad el hecho de revelar solamente la timidez
de las líneas y la torpeza de los colores en
el cuadro de la vida moderna, la segunda parte no
es en modo alguno más consoladora, sino tanto
más inquietante. Cierto es que ahí se
ocultan fuerzas, fuerzas gigantescas, pero salvajes;
primigenias y absolutamente despiadadas. Se las observa
con la misma angustiosa expectativa con que se observa
el caldero de la cocina de una hechicera: en cualquier
instante pueden producirse rayos y centellas, anunciarse
terribles apariciones. Desde hace un siglo estamos
preparados para conmociones verdaderamente fundamentales;
y si en los últimos tiempos se intenta contraponer
la fuerza constitutiva del denominado Estado nacional
a esta profundísima tendencia moderna a destruir
o a dinamitar, esto no conseguirá durante mucho
tiempo otra cosa que el incremento de la inseguridad
y el peligro generales. No debe inducirnos a error
el hecho de que los individuos particulares se comporten
como si no supieran nada de todos estos temores: su
inquietud revela cuánto saben acerca de ellos;
piensan con demasiada afición y exclusividad
en sí mismos como nunca antes otros hombres
lo hicieron; construyen y plantan para el presente,
y la caza de la felicidad nunca es tan intensa como
cuando hay que atraparla entre hoy y mañana
temiendo que acaso pasado mañana concluya el
tiempo de la veda. Vivimos el periodo del átomo,
del caos atómico. En la Edad Media, la Iglesia
tenía las fuerzas hostiles más o menos
bajo control, y gracias a la fuerte presión
que ejercía sobre ellas, en cierta manera,
se mantenían parejas unas a otras. Cuando
se rasgó el vínculo y disminuyó
la presión, algunas se rebelaron. La Reforma
definió muchas cosas como adiaphora,
regiones en las que el pensamiento religioso carecía
de jurisdicción; éste fue el precio
que tuvo que pagar para seguir existiendo; a semejanza
del Cristianismo, que afianzó su existencia
frente a la Antigüedad, mucho más religiosa,
por un precio similar. Desde entonces, la separación
se propaga cada vez más.
Hoy, tan sólo
las fuerzas más groseras y malvadas determinan
prácticamente lo que existe sobre la tierra
manifestándose por medio del egoísmo
de los propietarios y del militarismo de los déspotas
violentos. El Estado, en manos de estos últimos,
y a causa del egoísmo de los primeros, comienza
la tentativa de reorganizar todo de nuevo partiendo
de sí mismo, y de convertirse en vínculo
y presión para todas aquellas fuerzas hostiles;
en esto percibimos su deseo de que la totalidad de
los hombres le rinda un culto divino semejante al
que anteriormente rendía a la Iglesia. Con
qué consecuencias? Ya las experimentaremos;
en cualquier caso, aún hoy nos hallamos en
el glaciar de la Edad Media; ha comenzado el deshielo
y, con él, el inicio de un movimiento devastador.
Los témpanos de hielo chocan entre sí
y se superponen, las orillas se han inundado y corren
peligro. La revolución, la de los átomos,
es ya inevitable; pero, ¿cuáles son
los elementos más pequeños e indivisibles
de la sociedad humana?
No cabe duda de que al aproximarse estos periodos,
lo humano corre casi más peligro que durante
el choque y el propio torbellino caótico, y
que la pavorosa expectativa y la ávida explotación
de cada minuto excitan toda la cobardía y los
instintos egoístas del alma; sin embargo, la
calamidad real, y especialmente la generalidad de
una gran catástrofe, suele mejorar y reconfortar
a los hombres. Ahora bien, ante la proximidad de estos
peligros que acechan a nuestra época, ¿quién
dedicará ahora su servicio de centinela y de
caballero a la Humanidad, al sagrado e inviolable
tesoro del Templo acumulado poco a poco por las diversas
generaciones? ¿Quién erigirá
la imagen del hombre mientras todos los demás
sólo sienten en su interior el gusano del egoísmo
y el miedo cerval, y se desvían de aquella
imagen de tal modo que caen en la animalidad o en
el rígido mecanicismo?
Hay tres imágenes
del hombre que nuestra época moderna ha erigido
una tras otra y de cuya visión los mortales
tomarán todavía durante mucho tiempo
el impulso para una transfiguración de su propia
vida: a saber, el hombre de Rousseau, el hombre de
Goethe y, finalmente, el hombre de Schopenhauer. De
éstas, la primera imagen es la más fogosa
y, ciertamente, la de efecto más popular; la
segunda se hizo para muy pocos, esto es, para quienes
poseen naturalezas contemplativas en gran estilo,
y es incomprendida por la masa. La tercera exige que
quienes la consideren sean los hombres más
activos; sólo ellos podrán hacerlo sin
prejuicios; pues enerva a los contemplativos y espanta
a la masa. De la primera imagen emana una fuerza que
impulsó tempestuosas revoluciones y todavía
las impulsa; en efecto, en toda convulsión
y terremoto socialista es aún el hombre de
Rousseau el que se agita a semejanza del viejo Tifón
bajo el Etna. Oprimido y casi aplastado por castas
arrogantes, por la riqueza despiadada, corrompido
por sacerdotes y por una pésima educación,
humillado ante sí mismo por costumbres ridículas,
clama el hombre en su desgracia a la «santa
Naturaleza» y advierte de pronto que ésta
se halla tan alejada de él como uno cualquiera
de aquellos dioses epicúreos. Sus plegarias
no la alcanzan, tan profundamente inmerso está
en el caos de la anti-Naturaleza. Este hombre arroja
fuera de sí con desprecio todos los chillones
adornos que hacía poco tiempo aún le
parecían constituir su distintivo más
humano, sus artes y sus ciencias, el conjunto de las
ventajas de su vida refinada; con el puño golpea
contra el muro a cuya sombra degeneró hasta
convertirse en lo que es y clama pidiendo luz, sol,
bosques y peñascos. Y cuando grita: «Sólo
la Naturaleza es buena, sólo el hombre natural
es humano», se desprecia a sí mismo y
se anhela más allá de sí mismo;
es una circunstancia en la que el alma está
dispuesta a extraer conclusiones terribles, pero en
la que también extrae de sus profundidades
lo que en ella hay de más noble y de más
extraordinario.
El hombre de Goethe
no constituye un peligro tan amenazador; y, en cierto
sentido, se trata incluso del correctivo y el quietivo
apropiado para esas peligrosas agitaciones a las que
se abandona el hombre de Rousseau. Goethe mismo, en
su juventud, profesó con todo su buen corazón
ese evangelio de la buena Naturaleza; su Fausto constituyó
el retrato más elevado y audaz del hombre de
Rousseau, al menos en tanto que quiso representar
su hambre apasionada de vida, su descontento y su
anhelo, su trato con los demonios del corazón.
Ahora bien, obsérvese qué es lo que
sale de todo ese cúmulo de nubes: cierto, ¡ningún
relámpago! Y aquí se revela, precisamente,
la nueva imagen del hombre, del hombre goethiano.
Se podría pensar que Fausto será conducido
a través de la vida, oprimida en todas partes,
como un rebelde y un libertador insaciable, como la
fuerza negadora por bondad, como el genio verdadero
-religioso y demoníaco- de la revolución
en contraste con su nada demoníaco acompañante;
a semejanza del trágico destino de todo rebelde
y libertador, tampoco él pudo deshacerse de
este acompañante y tuvo que servirse simultáneamente
de su maldad escéptica y de su negación.
Pero se equivoca quien espere algo de tal género;
el hombre de Goethe se aparta aquí del hombre
de Rousseau, pues detesta toda violencia, todo salto,
lo cual quiere decir toda acción; y así,
del redentor del mundo, Fausto, quedará solamente
algo semejante a un viajero alrededor del mundo. Este
ávido espectador verá pasar volando
ante sí toda la riqueza de la vida y de la
Naturaleza, el pasado, las artes, las mitologías,
todas las ciencias; el deseo más profundo es
excitado y calmado; incluso Helena no lo retiene mucho
tiempo, y entonces tiene que llegar el instante que
aguarda su insidioso acompañante. En un punto
cualquiera de la tierra finaliza el vuelo, caen las
alas y he ahí a Mefistófeles. Cuando
el alemán deja de ser Fausto, el peligro mayor
es que se convierta en filisteo y caiga en manos del
diablo; sólo poderes celestiales podrán
salvarlo de ese destino. El hombre de Goethe, como
he dicho, el hombre contemplador en gran estilo, que
no languidece sobre la tierra únicamente debido
a que recoge para su alimento todo aquello que de
grande y memorable existió y aún existe,
este hombre, como digo, que vive aunque sólo
se trate de una vida que salta de deseo en deseo,
queda muy lejos del hombre de acción. Es más,
si en cualquier punto se inmiscuye en el orden establecido
por los hombres de acción, podemos estar seguros
de que de ahí no saldrá nada al derecho
-como quizá es el caso del enorme celo que
Goethe demostró por el teatro- y, sobre todo,
de que no se quebrará ningún «orden
establecido». El hombre goethiano es una fuerza
conservadora y tolerante; pero corre el peligro, como
he dicho, de degenerar en filisteo, a semejanza del
hombre de Rousseau, que fácilmente se convierte
en un catilinario. Un poco más de fuerza muscular
y de salvajismo natural en el primero y serían
mayores todas sus virtudes. Parece que Goethe sabía
dónde residía el peligro y la debilidad
de su hombre, y así parece indicarlo con aquellas
palabras de Jarno a Wilhelm Meister: «Está
usted enojado y desabrido, lo cual está muy
bien. Y aún sería mejor sí se
enojase del todo».
Así pues,
hablando claro: es necesario que alguna vez nos «enojemos
del todo» para que las cosas vayan mejor. Y
aquí es donde la imagen del hombre de Schopenhauer
debe estimularnos. El hombre schopenhaueriano asume
sobre sí el dolor voluntario de la veracidad,
y este dolor le sirve para mortificar su voluntad
personal y para preparar aquella completa revolución
y aquel cambio completo cuyo logro constituye el sentido
último de la vida. Esta proclamación
de la verdad les parece a los demás hombres
una emanación del mal, pues consideran un deber
humanitario la conservación de su mediocridad
y de su mentira y creen que hay que ser malvado para
destrozarles su juguete. A uno de éstos no
tendrán por menos que gritarle aquello que
Fausto dice a Mefistófeles: «¿A
la potencia eternamente activa, a la fuerza saludable
y creadora, opones tú la helada mano del diablo?»;
y aquél que quisiera vivir schopenhauerianamente
es muy probable que se pareciese más a un Mefistófeles
que a un Fausto; en efecto, así sería
frente a los débiles ojos de los modernos,
que siempre divisan en la negación la marca
del mal. Existe, sin embargo, un modo de negar y de
destruir que justamente emana de aquel acuciante anhelo
de santificación y de salvación que
Schopenhauer, en tanto que primer maestro filosófico,
impartió entre nosotros, hombres profanos y
verdaderamente secularizados.
Toda existencia
que pueda ser negada, merece asimismo ser negada 3s;
y ser veraz significa creer en una existencia que
no puede ser negada en absoluto, la cual es ella misma
verdad y sin mentira. Por eso, quien es veraz confiere
a su acción un sentido metafísico, explicable
según las leyes de una vida distinta y superior,
y también otro más profundo, afirmativo,
y esto aun cuando todo lo que haga no parezca sino
un destruir y un quebrantar las leyes de esa vida.
Su actividad se convierte, así, en un sufrimiento
continuo, pero él sabe lo que también
el Maestro Eckhard sabe: «El dolor es el
animal que más velozmente os conduce a la perfección».
Debo pensar que a cada uno de los que se proponen
en su ánimo una orientación tal de su
vida tendrá que ensanchársele el corazón
y nacer en él un ardiente deseo de ser este
hombre schopenhaueriano: esto es, limpio y puro con
respecto a sí mismo y a su bien personal y
de una admirable serenidad en su conocimiento, pleno
de vigoroso fuego devorador y bien alejado de la fría
y despreciadora neutralidad del llamado «hombre
de ciencia», muy por encima de una contemplación
hipocondríaca y pesarosa, siempre dispuesto
a sacrificarse entero como la primera víctima
de la verdad descubierta, y penetrado en lo más
profundo por la conciencia del sufrimiento que necesariamente
tendrá que derivarse de su veracidad. Ciertamente,
con su coraje destruye su felicidad terrena; tiene
que ser enemigo incluso de los seres que ama; de las
instituciones en cuyo seno se formó, será
hostil; no le será lícito proteger ni
a las personas ni a las cosas, aunque comparta el
sufrimiento de las heridas que les infiera; será
desconocido y durante mucho tiempo se le considerará
aliado de poderes que aborrece; según la medida
humana de su juicio, tendrá que ser injusto,
a pesar de su aspiración a la justicia; aunque
podrá infundirse ánimo y consolarse
con las palabras que un día pronunció
Schopenhauer, su gran educador: «Una vida
feliz es imposible; a lo máximo que puede aspirar
el hombre es a una vida heroica. Obtiene una vida
así quien, de alguna manera y por un motivo
cualquiera, lucha con enormes dificultades por aquello
que, en cierto modo, beneficia a todos y vence; pero
al que luego, o bien se le recompensa pésimamente,
o bien no se le recompensa en absoluto. Así
pues, al final se queda como el príncipe del
Re corvo, de Gozzi, petrificado, aunque con noble
pose y magnánimo gesto. Su memoria permanece
y se celebra como la de un héroe; su voluntad,
mortificada por toda una vida de fatigas y pesares,
de malos resultados y de la ingratitud del mundo,
se disuelve en el Nirvana». Una vida heroica
semejante, junto con la mortificación que conlleva,
se corresponde muy poco, desde luego, con la mediocre
idea que tienen quienes profieren el mayor número
de palabras y celebran festejos en conmemoración
de la memoria de los grandes hombres, presumiendo
que éstos son precisamente grandes del mismo
modo que ellos son pequeños, casi como un don
v por puro placer; o que son así en virtud
de un mecanismo, y obedeciendo ciegamente al impulso
íntimo que a ello los coacciona: de modo que
aquél que no recibió el don o no se
siente impelido por el impulso está en su derecho
de seguir siendo pequeño igual que los otros
lo están en el de ser grandes. Pero «haber
recibido el don» o «haber sido obligado»
son expresiones despreciables para ocultar la huida
de una advertencia interior, injurias para todos aquellos
que oyeron esa advertencia, para el gran hombre; precisamente
él es, de entre todos, quien menos se deja
regalar u obligar; él sabe bien, a semejanza
de cualquier hombre pequeño, con cuánta
ligereza puede tomarse la vida, y lo blando que es
el lecho sobre el que podría hacerse el remolón
si quisiera tratar con delicadeza y trivialidad tanto
consigo mismo como con sus congéneres; pues
todas las disposiciones humanas no tienden sino a
que, por medio de una distracción constante
del pensamiento, no se sienta la vida. Ahora
bien, por qué quiere él enérgicamente
lo contrario, a saber, sentir plenamente la vida,
sufrir la vida? Porque advierte que se le quiere engañar
acerca de sí mismo y que existe una especie
de pacto para extraerlo de su propia caverna; pero
he aquí que se despabila, aguza el oído
y decide: «¡Quiero seguir siendo mío!»
Se trata de una terrible decisión; poco a poco
lo irá comprendiendo. Ahora, en efecto, debe
adentrarse en las profundidades de la existencia con
una serie de preguntas insólitas en los labios:
¿Por qué vivo? Qué lección
debo extraer de la vida? ¿Cómo he llegado
a ser lo que soy, y por qué sufro por ser así?
Se atormenta, y advierte que nadie se atormenta como
él; antes bien, observa cómo las manos
de sus congéneres se tienden afanosamente hacia
los fenómenos fantasmagóricos que muestra
el teatro político o cómo ellos mismos
se pavonean orgullosos portando cientos de máscaras:
disfrazados de jovencitos, hombres adultos, ancianos,
padres, ciudadanos, sacerdotes, funcionarios, comerciantes,
solitarios todos ellos en su comedia general, sin
conciencia ninguna de sí mismos.
A la pregunta: «¿Para
qué vivís?», responderían
raudos y orgullosos: «Para llegar a ser
un buen ciudadano, o un erudito, o un hombre de Estado».
Y, sin embargo, son algo que no puede llegar
a ser otra cosa; y por qué son precisamente
esto? ¡Ay! ¿Y nada mejor? Quien entiende
su vida únicamente como un punto en el desarrollo
de una estirpe, de un Estado, de una ciencia, y de
este modo enclavada por entero en el curso del devenir,
en la historia, no ha comprendido la lección
que le imparte la existencia y tendrá que aprenderla
de nuevo. Este eterno devenir es un guiñol
embustero que logra que el hombre se olvide de sí
mismo, es la verdadera distracción que dispersa
al individuo a los cuatro vientos, el juego absurdo
y sin fin que «el gran niño-tiempo»
juega ante y con nosotros. El heroísmo de la
veracidad consiste en dejar de ser algún día
su juguete. En el devenir todo es vacío, engañoso,
superficial y digno de nuestro desprecio; el enigma
que debe resolver el hombre sólo puede resolverlo
desde y en el ser y no en otra cosa, no en lo imperecedero.
Ahora comienza a examinar cuán profundamente
unido se halla al devenir, cuán profundamente
al ser; ante su alma se eleva una tarea gigantesca:
destruir lo que deviene, desvelar lo falso de las
cosas. También él quiere conocerlo todo,
pero de manera distinta a como quiere el hombre goethiano,
no a causa de una noble molicie para conservarse a
sí mismo y gozar de la multiplicidad de las
cosas; al contrario, él mismo es el primero
que se ofrece como víctima. El hombre heroico
desprecia su bien o su mal, sus virtudes y vicios
y, en general, que se lo juzgue según la medida
de las cosas; ya no espera nada de su persona y quiere
llegar a ver en todo ese fondo carente de esperanza.
Su fuerza reside en ese olvido de sí mismo
y cuando lo recuerda mide la distancia existente entre
él y su excelsa meta y entonces le parece divisar
un terreno plagado de escoria detrás y debajo
de sí. Los pensadores antiguos buscaban con
todas sus fuerzas la felicidad y la verdad; «mas
nunca se ha de encontrar lo que debe buscarse»,
reza un malvado principio de la Naturaleza. Pero quien
busca en todo la falsedad y voluntariamente se hace
cómplice de la infelicidad, provoca quizá
otro milagro de la desilusión: algo inexpresable
con respecto a lo cual felicidad y verdad sólo
son imitaciones idolátricas; acercándose,
la tierra pierde su peso, los acontecimientos y los
poderes terrenos se tornan ensueños, a semejanza
de esos atardeceres de estío en los que todo
nos parece sufrir una transfiguración. Al espectador
se le antoja que justo entonces comienza a despertar
y le parece que a su alrededor flotan las últimas
brumas de un sueño. También éstas
se disipan: ahora es de día.
ocho
Con esto se han
mencionado algunas condiciones bajo las cuales, a
pesar de nocivas influencias contrarias, puede al
menos nacer el genio filosófico en nuestro
tiempo: libre virilidad del carácter, temprano
conocimiento de los hombres, nada de educación
erudita, nada de apego patriótico, ninguna
necesidad de ganarse el pan, ninguna relación
con el Estado; en una palabra, libertad y sólo
libertad: el mismo elemento extraordinario y peligroso
en el que les fue lícito crecer a los filósofos
griegos. Quien quiera reprocharle, como Niebuhr reprochó
a Platón, que es un mal ciudadano, que lo haga
y se limite a ser él mismo un buen ciudadano:
éste tendrá razón, y lo mismo
Platón. Otro habrá que interprete esa
gran libertad como presunción; también
éste estará en lo cierto, porque él
mismo, con esa libertad, no sabría hacer nada
razonable; y, por lo demás, si la desease para
sí sería, es cierto, muy presuntuoso.
Aquella libertad es verdaderamente una culpa grave,
y sólo podrá expiarse por medio de grandes
obras. En verdad, el común de los mortales
tiene derecho a mirar con rencor a cada uno de esos
privilegiados: mas quiera algún dios librarlo
a él mismo de convertirse alguna vez en uno
de ellos, es decir, de verse tan terriblemente comprometido.
Perecería enseguida en su libertad y en su
soledad, y se volvería loco, un loco malvado,
por aburrimiento.
De cuanto hemos
dicho, acaso este o aquel padre pueda aprender algo
y aplicarlo de alguna manera a la educación
privada de su hijo; aunque, a decir verdad, no es
de esperar que los padres quieran tener sólo
filósofos por hijos. Es muy probable que en
todos los tiempos los progenitores se opongan al filosofar
de sus hijos como si de la mayor de las locuras se
tratara; como se sabe, Sócrates cayó
víctima de las iras paternas al haber «seducido
a la juventud», y Platón, por motivos
similares, consideró necesaria la creación
de un Estado enteramente nuevo para impedir que el
surgimiento del filósofo dependiese de la irracionalidad
de los padres. Ahora casi parece que Platón
hubiera logrado realmente algo. En efecto, el Estado
moderno cuenta hoy el fomento de la filosofía
entre sus tareas y busca constantemente privilegiar
a cierto número de hombres con esa «libertad»
que nosotros consideramos cualidad esencial en la
génesis del filósofo. Ahora bien, Platón
ha padecido una extraordinaria mala suerte en la Historia:
apenas surgía una forma que se correspondía
esencialmente con sus propuestas, siempre resultaba
ser el hijo espurio de un duende, una odiosa suplantación;
algo así como lo fue el Estado medieval de
los sacerdotes en comparación con aquel reino
soñado por Platón de los «hijos
de los dioses». El Estado moderno se encuentra
hoy lo más lejos posible de posibilitar que
gobiernen los filósofos. ¡Alabado sea
Dios! -exclamará todo cristiano; e incluso
habrá que examinar si aquel fomento de la filosofía,
tal como lo entiende el Estado, se interpreta también
en un sentido platónico; quiero decir,
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